Circulábamos a 180 por una autopista alemana. Era un día normal: el cielo estaba gris. Había poco tráfico. Espesos bosques discurrían a toda mecha por las ventanillas laterales. Ella iba sentada en el asiento del copiloto mientras yo sentía que se me estaba empezando a entumecer el pie derecho.
—¿Tienes un cigarro? —preguntó.
—Sí, pero no fumes aquí.
—¿Por qué no?
—Está prohibido —dije señalando la señal de prohibido fumar que estaba pegada sobre el cenicero. "Bitte im Auto nicht rauchen, Danke", ponía debajo del símbolo, que significa "Por favor, no fume en el carromato".
—Ah, ya lo he visto —dijo.
El signo de prohibición es un símbolo ampliamente conocido en la mayor parte de las culturas del mundo. Incluso más que la manzana de Apple. Cualquiera que lo vea sabe exactamente que se está prohibiendo algo. Se trata de algo sencillo de comprender, incluso aunque la explicación esté en alemán. Un cigarro humeante cruzado por una barra roja inscrito en un círculo del mismo color. Es fácil, no es el mercado de valores.
Hay gente que ve una señal de prohibición y se siente urgentemente impulsada a hacer aquello que se prohíbe. Puedo entender que alguien sienta interés en trasngredir las normas., hay algo morboso en ello, pero cuando la transgresión se produce de manera automática es cuando dejo de entender. Cuando le prohíbes algo a un niño, te ignora. Cuando le prohíbes algo a un adolescente, se enfada. Cuando le prohibes algo a un adulto, se suele comportar como un niño o como un adolescente.
—Además, no quiero que esto se llene de humo —añadí.
—Abro la ventana y se va todo —dijo ella.
A veces, haber estudiado física en la universidad puede convertirse en todo un infierno. Dinámica de fluidos, Bernouilli, efecto Venturi... páginas y páginas de mis libros universitario se deslizaron por mi mente. Si necesitaron años para meterme todo aquello en la cabeza, a mí me resultaría imposible hacer lo propio con la suya en menos de un minuto. La versión corta era que, si abría la ventana a 180 kilómetros por hora, se nos iba a volar el peluquín. Opté por la versión corta reducida.
—Que no —dije, esa era la versión corta reducida—. Si quieres fumar, paramos en el siguiente área de descanso y nos fumamos tranquilamente un pitillo, pero no fumes en el coche.
La razón última era que suelo hacer a los demás lo que me gustaría para mí. Si yo tuviera una empresa de alquiler de coches y pidiera a los clientes que no fumaran en ellos, me gustaría que no lo hicieran. Cuando uno emplea esa razón jesucristiana para tomar decisiones, las decisiones son mucho más fáciles y rápidas de procesar. Por otra parte, me desagradaba bastante la idea de hacer el resto del trayecto en un habitáculo que oliera a humo de tabaco. Quedaban más de 400 kilómetros.
Lejos de rendirse, alargó la mano izquierda y empezó a palpar los bolsillos de mi pantalón buscando el paquete de tabaco. Pensé que con un poco de suerte acabaría encontrando el otro paquete y yo tendría una erección en una autopista alemana, que siempre es mejor que tenerla en el proctólogo. Al no encontrar más que el móvil y unas cuantas monedas en el primer bolsillo, se alargó más todavía para palpar el segundo. Yo ya veía la grúa sacando el coche del bosque mientras alguien, a cien metros de allí, encontraba una mano de mujer aferrada a un paquete de Lucky Strike. La otra mano aparecería un mes más tarde entre unas zarzas y estaría haciendo la señal de victoria. Ella habría ganado, que seguramente era lo único que importaba.
—Vamos a 180 —le recordé mientras me metía la mano entre las piernas.
Para ella sólo debían de ser números sin significado, porque palpó los cantos de la cajetilla y empezó a maniobrar inútilmente para extraerla. El sainete empezó a dejar de hacerme gracia.
—Mira, no vas a fumar y no te voy a dar más explicaciones —le dije secamente.
Ya había dado bastantes. Si el por qué no se le había revelado como obvio a esas alturas del episodio, jamás lo haría. Yo al menos había ofrecido alternativas. Nunca había conocido a nadie que hubiera muerto por esperar cinco minutos para echar el siguiente pitillo, aunque sí por lo contrario.
Disgustada, cejó en su empeño, cerró la boca y se cruzó de brazos. Pensé que diría "Ya no te ajunto", pero sólo lo debió de decir mentalmente.
Apenas unos kilómetros después divisé una señal de área de descanso, así que me arrimé a la derecha, levanté el pie del acelerador y detuve el coche junto a unos bancos de picnic. Saqué el paquete de tabaco, le di un cigarro y me encendí otro mientras me dirigía a la papelera para tirar unos envoltorios de caramelo. Cuando me di la vuelta para retornar, la imagen era dantesca.
Ella, sentada sobre el capó, aspiraba el humo lentamente mientras me miraba fijamente. El ceño funcido, brazos y piernas cruzadas. Estómago cruzado. Yo cruzado. Mirada de la muerte, que es bastante más letal que la Estrella de la muerte. Se mascaba el odio en un aire que olía a venganza.
Desde entonces desconfío de quien se enfada conmigo más de un minuto. El enfado es una reacción natural; el enfado prolongado es un proceso que debe ser alimentado mentalmente para ser mantenido. Uno rebusca en el baúl mental y empieza a amontonar imágenes que le permitan poner la cara agria y el ceño fruncido.
En las cajetillas de tabaco hay advertencias para la salud. "No fume usted que es malo", "Si sigue fumando se le va a dejar de empinar", y cosas así. Lo que todavía no he leído es la siguiente advertencia:
"Discutir sobre el tabaco reduce drásticamente sus probabilidades de follar"
Ya sé que fumar es malo. A ver si el Departamento de Sanidad inscribe por fin algo útil en las cajetillas.
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