26 may 2010

PITT EL LOCO

Hoy en día, ya nadie habla de ello, unos porque no se acuerdan, otros, porque no tuvieron la fortuna de nacer en la misma época y tuvieron la desgracia de que esta historia cayera en el olvido. No obstante, se hable o no de ella, es una historia de esas de antes, una historia humana, una historia con vida propia.

En el viejo cerro, el que está detrás del bosque de álamos, más allá de la granja del abuelo, estaba la casa de Pitt, el loco. No estoy del todo seguro de que ese fuera en realidad su nombre, de lo que sí que estoy seguro es de que todo el pueblo, en aquella época lo llamaba así, el loco, Pitt el zumbado y demás apelativos que hacían referencia a que aquel anciano había perdido la cabeza. Corrían leyendas acerca del origen de su locura. Unos decían que había perdido el juicio cuando sus padres murieron no siendo él más que un chaval, otros, sostenían en cambio, que Pitt había venido al mundo con la locura debajo del brazo, pero este tema, en realidad no les importaba, sencillamente buscaban algo de lo que hablar que los distrajera de su vida, monótona y aburrida en una pequeña aldea de pescadores, por lo que gastaban su tiempo libre, cuando estaban sobrios, en buscar ejemplos de vida, que se hallaran en peores circunstancias que la suya, para así sentirse afortunados de tener una vida de mierda, por que claro, ahí estaba Pitt, el pobre diablo nació loco así que qué más dará que esté en paro, pegue a mi mujer o me gaste el dinero que gana en emborracharme, si yo, por lo menos no estoy loco…

La casa de Pitt, no era muy grande, era una casa blanca, de aspecto acogedor, con un tejado rojo y muy inclinado. Desde la pequeña carretera que pasaba cerca de su casa, podía verse una puerta de nogal y una pequeña ventana en la buhardilla. La vida de Pitt, su día a día, no era muy interesante, lo más que hacía en todo el día, era levantarse a las seis y media de la mañana y sin asearse siquiera, se sentaba en su vieja mecedora de madera a mirar por la ventana. Miraba la ventana con tanta intensidad, que se diría que no quería perderse ni un minuto en la vida del asfalto. Había algo especial en aquella mirada, era una de esas miradas que desbordan esperanza, una mirada esperanzada en que apareciera alguien o que ocurriera algo especial, algo por lo que mereciera la pena seguir viviendo, algo que hiciera rentable una espera tan paciente y fiel como la suya, algo que convirtiera su vida, en una vida rebosante de sentido.

Por lo general, nadie en el pueblo iba jamás a visitar al tonto de Pitt, al viejo lunático, nadie lo llamaba por teléfono, nadie le escribía. Nadie quería conocerlo, lo consideraban un tonto, un iluso de a pie, una excusa de justificación de su mediocridad, un tema socorrido de conversación los domingos en los que no había fútbol pero nada más, nadie se había arado a considerarlo como lo que por naturaleza era, un hombre de carne y hueso como ellos, cuya única diferencia consistía en gastar su vida en la búsqueda de lo extraordinario en lugar de contentarse con la gris mediocridad de la “gente de bien”, un hombre cuyo único pecado era divertirse de forma diferente.

Mi padre me contó que cuando él tenía mi edad, fue a la casa del loco de Pitt. Sus amigos le decían que no fuera, que “sabían”que Pitt se comía a los niños, le decían cuando veían que mi padre no creía esas leyendas, “Max, si vas, se lo tendremos que decir a tu padre”. A mi padre le daba igual, había algo que tenía que preguntarle al viejo, algo demasiado importante para él como para amilanarse ante ese tipo de amenazas, así que un día se armó de valor y se fue camino de la casa de Pitt.

Cuando llegó a la pequeña carretera, vio, como esperaba, a Pitt, en su mecedora, mirando por la ventana, se acercó hasta la puerta, y aunque sabía que Pitt lo había visto desde la ventana, llamó al timbre, esperó pacientemente, como aquel que espera a alguien lleno de ilusión, pero el viejo no abrió la puerta, permaneció en su vieja mecedora de madera sin inmutarse. Mi padre, volvió a llamar, esta vez, algo más nervioso, empezando a dudar sobre sus razones para visitar al viejo. Esta segunda vez, no fue distinta por lo que lo llamó a gritos por su supuesto nombre, pero nada, él ni se inmutó. Mi padre, se cansó de esperar y regresó a casa, pero con la determinación de volver cada día a fin de poder preguntarle al viejo lo que necesitaba saber. Así lo hizo, hasta le escribía cartas, pero el viejo, seguía sin levantarse de la mecedora, para otra cosa que no fuera irse a la cama. Mi padre, que era hombre paciente, se mantuvo a este ritmo dos meses, tras lo cual, decidió dejar al viejo en paz. Y sucedió, que finalmente, Pitt murió, en su mecedora, con los ojos fijos en su ventana, viendo lo que fue su único amor, la carretera.

Un día, mucho después de todo esto, mi padre me llamó y me dijo:”Pitt,(me había puesto ese nombre en honor a aquel viejo lunático) hijo mío acércate, ahora sé por qué el viejo Pitt estaba siempre pegado a su mecedora, mirando por la ventana…¡No era más que un maldito loco! En la vida, ¡jamás suceden cosas extraordinarias, ni existen personas tan especiales como para pasarse la vida esperándolas! Pocos días después de decirme esto, murió, pero con una mirada distinta a la del viejo Pitt, murió con una mirada de frustración.

Yo pienso que mi padre estaba equivocado, en la vida sí que pasan cosas extraordinarias, sí que existen personas por las que merece la pena gastar la vida, consumirse por esperarlas y también pienso, que las únicas personas tontas son aquellas que han dejado de soñar.

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